En ocasiones, Madrid pierde su memoria. O los madrileños. Y bueno es que, como en la semana del 19 al 25 de septiembre, alguien venga a recordárnosla. El rock de esta ciudad nació, básicamente, con canciones de chicas y bares, con un lenguaje macarra que se expresaba en castellano y con barbaridades que, en su día, sobresaltaban a los acomodados y biempensantes. Era un rock de calle, de historias nocturnas y con parafernalia masculina, poco que ver con lo que se lleva ahora y con un objetivo mucho más juvenil y espontáneo que el que marca la música en la actualidad.
Burning y Ramoncín eran dos de los pinchos de un tridente que cerraba Leño. Aún no habían acabado los 70 y ellos tres retrataban esta ciudad como nunca nadie lo había hecho antes. Desgraciadamente, esos principios, que son los que favorecieron el que Madrid tenga hoy un sonido propio, parecen ya olvidados para muchos.
Puede que sea por eso por lo que ver en directo, en una semana, a Burning y a Ramoncín suponga una bofetada de nostalgia, pero eso no tiene que ver nada para reconocer que escuchar sus canciones sigue siendo una experiencia que pone los pelos de punta.
Burning, en La Elipa, recordó los tiempos del Manivela y el cuero negro, días en los que podías beber en los bares sin arruinarte y tiempos en los que las chicas se dejaban mirar sin acusarte de acoso sexual. Su concierto fue un continuo mirar atrás. Con alguna incursión en las canciones recientes, pero con un ojo puesto continuamente en todo lo que ha cambiado en el barrio que les vio nacer. Daba lo mismo que ya no estuviera el Risi o que Johnny estuviera afónico ese día. El grupo traía consigo su zurrón de historia y la exposición era incontestable.
Con Ramoncín pasó un poco lo mismo. Se volvía a subir al escenario para celebrar el 25º cumpleaños de su primer disco. Y lo hizo con una dignidad impresionante. Puede que la figura de Ramoncín ya no represente la trasgresión de antaño y que sus apariciones en televisión resulten, en muchos casos, patéticas, pero, cuando abre la caja de Pandora y pone sobre la mesa las canciones que ha atesorado a lo largo de su carrera, es como si alguien te recordara cómo aprendiste a leer.
Y es que, tanto los unos como el otro, representan a una especie en extinción que Madrid no ha sabido cuidar. Ponle la etiqueta que quieras, pero estamos hablando de un rock que calaba, que te llegaba a la piel y que parecía contar justamente, con pelos y señales, las vivencias de un chaval en su época de descubrimiento: noches sin dormir, mentiras para ligar, el porro a escondidas, el sentimiento de desprecio hacia lo adulto, el regreso del maco… sensaciones reales expuestas con un lenguaje de calle y asfalto que sigue teniendo una vigencia absoluta aunque ahora nadie lo use.
Son clásicos. Absolutamente clásicos. Y, dentro de la música, siempre merecerán respeto y agradecimiento. Porque se lo siguen ganando cuando suben a un escenario.