Conciertos como el de Long John Hunter vienen a poner de manifiesto lo dicho y demuestran que el beneficio que puede obtener un promotor si tiene suerte no es lo suficientemente alto como para correr un riesgo importante. Hunter juntó muy poco público en Arena, aunque, todo hay que decirlo, el que suscribe casi lo prefiere porque sabido es que la de Princesa no es una sala que pueda acoger con comodidad un aforo importante.
Hunter es el típico bluesman que, fuera de su país, apenas es conocido. Tuvo algo de repercusión cuando Alligator le grabó su “Border town legend” (96), pero tampoco fue tanta como para encumbrarle a los gustos mayoritarios. Un nuevo empujón, con “Ooh wee pretty baby!” (99), le permitió ampliar sus miras en el circuito americano que llevaba recorriendo desde que casi era un crío (y tiene más de setenta años), pero tampoco fue suficiente como para obtener un reconocimiento palpable en el mercado internacional. Ahora anda presentando “One foot in Texas”, un álbum lanzado en un pequeño sello que ni siquiera sé si habrá salido aquí.
Con todo, los fieles a esta música se aglutinaron en el Arena para disfrutar de un montón de clásicos y ver en persona un show a la americana. Hunter, que se conserva estupendamente, se vio respaldado por un trío de blancos que ejercitaron su solvencia en un repertorio no excesivamente complicado. El de Louisiana atacó las piezas con gusto, dejó un ambiente saludable y demostró que, como guitarrista, conserva una eficacia envidiable.
Previamente a su show, Eugene apareció vestido de soldado de la Unión y se marcó un set de tres cuartos de hora en el que solamente se acompañó de su guitarra. Lo suyo tiró más para el soul y calentó el ambiente como debe de hacer un buen telonero.