El proyecto de Tom Yorke y los suyos pasa por una oferta personal y, aunque no está exenta de referentes, se va desarrollando a lo largo del tiempo demostrando, una vez más, que músicas que evitan lo banal y lo sencillo también tienen un público. En el caso de Radiohead, además, lo suficientemente numeroso como para acabar con el billetaje en el coso de Las Ventas.
La puesta en escena de los británicos no sorprende. Se limita a poner un par de artilugios luminosos en el fondo del escenario y otra serie de focos ordenadamente eficaces allá donde los técnicos han decidido. No hay pantallas de vídeo, ni sorpresas, ni grandes malabares. Es algo que, además, cuaja bastante con la manera que tiene el quinteto de entender la música y, por momentos, recordaba a los antiguos shows de las bandas de kautrock que eran, más que nada, no-shows. En el caso de Radiohead, además, el escenario estaba tan bajo que el público situado en la arena apenas podía ver a los músicos más allá de la décima fila.
Pero eso no es lo importante en el trabajo de esta banda. Ellos aúnan, de alguna manera, la música pop con el concepto improvisativo que tenía el rock de los 70 o mantiene el jazz actual. No es que los músicos sean unos virtuosos de la leche que te mantengan el concierto a base de solos instrumentales, pero se toman las suficientes licencias como para formar, en conjunto, una especie de free pop con la actuación de Yorke como eje de referencia.
Su repertorio abundó en el material de su reciente “Hail to the thief” (“There there”, “2+2=5”, “Where I end and you begin”, “Backdrifs”…) y creó, por momentos, inseguridad en un público que, básicamente, quería escuchar lo que, en el mundo “radiohead”, podrían considerarse éxitos. Pero… claro: ésta no es una banda que pueda utilizar esas etiquetas y sus “hits” están contaditos con los dedos de una mano. Es, probablemente por eso, por lo que el grupo basa su lista de canciones en los momentos emocionales que les generan y en la posibilidad de cambiar el escenario en base al resultado de las melodías. De ese modo, a Yorke se le puede ver delante del piano en un plan de lo más lírico para, cuatro minutos después, escucharle agarrado a su guitarra en pleno ataque espasmódico.
Cayeron cosas de “Kid A” (“Morning bell”), de “OK computer” (“Exit music”), de “Amnesiac” (“I might be wrong”, “Pyramid song”) e, incluso, de “The bends” (“My iron lung”, “Street spirit”…), pero, como siempre, todo volvía al redil con nuevas canciones de “Hail to the thief”. El resultado fue, probablemente, el esperado y sumió a Las Ventas en un estado no muy habitual para el recinto.
Como suele suceder con este tipo de bandas, también se apreció en el personal un cierto distanciamiento entre quienes lo ven sentados y quienes se acercan al escenario. Estos últimos ejercen de fans, aprueban cualquier salida de tono y comulgan con lo que saben que han ido a ver. En las gradas, sin embargo, aparecía con mucha frecuencia ese aire de “concierto de verano” en el que mucha gente se acerca al músico por curiosidad, siendo consciente de su fama pero sin conocer su obra. Este público se queda muchas veces a cuadros cuando se encuentra con un grupo (ocurrió lo mismo en el show de Björk hace bastante poco) que, afortunadamente, se sale mucho de lo normal.